La interminable desesperación de no ser nadie nubla cada gota de felicidad. No recuerda ya aquellos momentos, que ahora la marchitan con una incesable llovizna, que se escurre en sus paredes y no la deja escapar, de esta fastidiosa situación. E intentar recordarlo todo solo la marachitará aún más. Las mañanas duran horas, y horas, demasiadas horas, que se prolongan sin sentido. Se hace largo el día, y el año, y no para de llover. Mientras el mal olor del humo se desprende desde el final de su boca, y no para de quemar.
Observa distraida por la ventana, un nubarrón gris que se aleja, pero todavía gotea en su habitación. y no para.
Sale de casa, pero no encuentra nada que la motive a una leve sonrisa honesta. Y finge encontrarse bien, en sueños en los que cae al vacío, entre los demás que no importan, ni serán tan importantes, que ni existen cuando cierra los ojos y pretende dejar de escuchar. Y pretende dejar de existir, como si fuese tan fácil.
Qué fracasada, escucha en su cabeza. Y lo sabe.
Vuelve a levantarse para deambular en lo que queda del mundo. Tristes aceras grises repletas de todos los demás, y a empujones los aparta, llegando así hasta su habitación, volviendo a acercarce el nubarrón gris. Y vuelve a olvidar todos aquellos días, que gota a gota la consumen.
Vuelve a dormise otros mil años, hasta que un simple beso la despierte, de los sueños en los que olvida.
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