miércoles, 24 de agosto de 2011

I

Todo empieza a desmoronarse. Cada sonrisa que me he permitido en esta vida, queda cubierta por un inquietante olvido. Tan jodido, que no recuerdo ni haberlo olvidado.
Que en sencillos y elaborados pasos he terminado de convertir mi vida en un drama, que ni siquiera querrán para las obras de teatro. Ya que si el manuscrito llega algún día a las manos de los actores, les petrificará el corazón y morirían de tristura.
Y sería en toda regla, un terrorismo emocional.
Querría decir que no se cómo he llegado a este punto. Pero sí lo sé. La autodestrucción puede ser lo mejor que me haya pasado en la vida. Según, así podré disfrutar más de los insólitos segundos, tan fugaces, que me regala la vida.
No he llegado al nivel de Brandy Alexander, a quien admiro con tanto entusiasmo. Pero me hace feliz la idea de que algún día, dejaré de amarme a mí misma. Ya ni los huérfanos querrán jugar conmigo.
Miento si digo que se aproxima el fin del mundo, por que de eso ya hace demasiado tiempo. Todo empezó el día que empecé a morirme.
Y miren ustedes qué gracioso, que para ser un suceso tan importante ni recuerde lo más mínimo el día que sucedió todo.

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