lunes, 4 de abril de 2011

X

Vago por las calles de Nueva York, y son las 5 en punto de la mañana. Me cuesta mantenerme en pie, el cansancio me está matando a cada paso que doy,
y entonces doy el siguiente. Pero no consigo dormir, y tengo que vagar, lo que se me antoja a una eternidad, hasta que llegue el momento en que mis
párpados digan basta, hasta aquí hemos llegado.
Cada día es la misma historia, y recuerdo vagamente lo que pasa cada noche, como si tan sólo fuesen sueños que olvido a la mañana siguiente.
Estoy seguro de que éste, sin duda, es el puto culo del mundo. Y no hay nada ni nadie que me sujete a este lugar, pero sigo aquí, añorando algún paraíso que nunca he tenido.Estoy seguro, también, de que en alguna vida que pude haber tenido fui feliz, quizá mínimamente feliz, ero lo fui. Pero aquí, en este lugar y en este momento jamas lo he sido. O sí alguna vez, pero me cuesta demasiado recordar aquellos días.

Sigo vagando por estas oscuras calles. Tengo frío y la vida me agota, sé que ya no vivo, sólo sobrevivo por vagos recuerdos que juegan a sostenerme en pie.
Fue entonces, en el momento que mis ojos amenazaban con cerrarse, cuando lo vi todo.
Fue repentino, pero se me quedará grabado en la memoria para siempre, aunque eso sea demasiado tiempo.
Mientras observé todo aquel jaleo me quedé petrificado. Yo estaba ahí, delante de todo aquel desastre, y con cara de imbécil. Mi corazón aceleró hasta sus
límites, amenazando con matarme de un ataque.
El cigarrillo que sostenía con mis labios se consumía rápidamente, y cuando todo era cenizas cayó al vacío. El botellín de cerveza que agarraba con
la mano izquierda rebotó fuertemente contra la acera y se rompió en mil pedazos. Y yo seguia inmóvil en el mismo maldito lugar, con la misma cara de
imbécil y los ojos de par en par.
Fue un espectáculo espantoso, violento y traumatizante quizá, pero al mismo tiempo daba cierto morbo.
Mi ojos seguían la trayectoria de cada gota de sangre, cada gota que salpicaba en la calle y provenía de sus hermosos labios. Cómo sí las gotas supiesen justo dónde tenían que caer. La grotesca mano de aquel monstruo, con disfraz de hombre, estaba presionada bruscamente contra sus pechos, contra los pequeños pechos de ella.
Que no pude parar de mirar por un segundo.
La penetraba bruscamente, y ahí también derramaba sangre. Jodido monstruo.
Y sus bragas rotas en la acera. Posiblemente de haber sido arrancadas de un tirón contra su propia voluntad.
Ella gritaba desesperada por ayuda. Y aunque estuviese histérica, su voz sonaba dulce e inocente.
Además era delgada. Delgada como una niña, pero con cuerpo de mujer, con cada centímetro de su cuerpo perfectamente definido. Y joder qué curvas.
Cerré los ojos un instante y cuando los abrí él había vuelto a pegarle bruscamente en la cara, y la sangre volvía a salpicar contra el suelo.
Entonces él la tiró contra la pared y le dio un golpe tan fuerte que cayó completamente rendida.
Aquel monstruo salió corriendo justo después, sin mirar siquiera atrás.
Me acerqué a ella. Estaba tendida boca arriba en el suelo, casi completamente desnuda, a excepción de unos calcetines blancos largos y una camisa que casi
había dejado de serlo.Tenía los labios pintados de un rojo intenso. Y las pestañas casi interminables.
Giré su cabeza hacia mi, y vi sus grandes y llamativos ojos color miel.
Quizá en otra ocasión esta chica hubiera sido la más hermosa de todas.
Entonces me levanté y salí de aquel callejón. Ahora me quedaba más claro que nunca, sin duda esta ciudad era el puto culo del mundo, y yo ahora formaba
más parte de él que nunca.

Entré en el bar de Sam y me senté en el sitio habitual.
-Un café con leche como siempre.- le dije a Sam.
-¿qué tal todo?- me pregunto amablemente, como todos los días.
-¿quieres escuchar una historia alucinante?- le pregunté con los ojos clavados en la mesa, y casi arrepintiéndome.
-Quizá más tarde muchacho.-respondió sonriente y se fue.
Me tomé aquel café con la misma imagen en la cabeza. Y no pude parar de pensar en ello en lo que restaba de noche.
Al fin llegué a casa y me quité toda la ropa. Me metí desnudo a la cama y puse la alarma para el día siguiente. Cerré los ojos y por fin pude conciliar
el sueño. Quizá aquella impactante imagen era todo lo que necesitaba. Y sin duda aquel secreto se quedaría tan sólo entre el hombre desconocido, la bella
inconsciente y yo. Menudo jodido secreto el que llevo guardando, y sólo para poder dormir, incluso puede que a nadie le importé ya.
Y yo formaba más parte que nunca de esta basura.

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