martes, 26 de abril de 2011

death and all of his friends.

Dejaba de un lado las cuestiones prodigiosas que atraen y que espantan, las perspectivas insondables de la abstracción, los precipicios de la metafísica, todas esas profundidades convergentes, para el apóstol de Dios y para el ateo, en la nada: el destino, el bien y el mal, la guerra del ser contra el ser, la conciencia del hombre, el sonambulismo pensativo del animal, la transformación por la muerte, la recapitulación de existencias que contiene la tumba, el injerto incomprensible de los amores sucesivos en el yo persistente, la esencia, la sustancia, el Nada y el Ser, el alma, la naturaleza, la libertad, la necesidad; problemas a pico, densidades siniestras sobre las que se inclinan los gigantescos arcángeles del espíritu humano, formidables abismos que Lucrecio, Manú, San Pablo y Dante contemplan con esa mirada fulgurante que, al fijarse en el infinito, se diría que hace brotar de el estrellas.

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