Para bien, o para mal, haber succionado tal cantidad de ácido lisérgico fue la forma más correcta de huir de todo lo que rondaba por mi cabeza, y rodearme, por nada más y nada menos que el incesante sonido de carcajadas a mi alrededor. Que yo acompañaba con las mías. Casi como si hubiera sido planeado, iban al compás.
Y me digo a mi misma, como así para consolarme que tuvo su uso terapéutico. Cada átomo negativo que compone mi cuerpo, viajaron a algún mundo paralelo en el que olvidé por completo quien era, y me dediqué al sencillo trabajo de reír a carcajadas.
Ayer los pensamientos me rondaban de tres en tres, y cada vez más rápidos. Se duplicaban sin preguntar. Sin cesar, y tuve que ir capturándolos uno a uno para que no se perdiesen en algún rincón del subconsciente. Los guardé en una caja que cerré a continuación bajo llave, ahí estarán seguros y no saldrán volando.
Miré el reloj repetidas veces durante la noche, y no podía creer que aún siguiese en el mismo día. De repente mi consciencia despertaba en algún lugar de la cuidad, y sólo para hacerme consciente de que no podía parar de reír a carcajadas, en cada momento en el que fui consciente. Incluso cuando andábamos de aquí para allá con las pupilas tan grandes que casi nos comían los ojos. Ojos negros y monstruosos pululaban por la cuidad.
A cierta hora de la noche, no recuerdo muy bien cual, decidimos que sería buena idea volver a casa a intoxicarnos un poco más, para así prolongar una sonrisa de oreja a oreja.
Más tarde..
Bajo el efecto del previamente succionado e ingerido, ácido lisérgico. Una vez en mi cama preparada para dormir, me di cuenta de que no pude.
Al abrir los ojos vi toda serie de colores, y formas, que yo sabía que no estaban ahí,pero aún así las veía e intenté tocarlas. Quería formar parte de aquella locura.
Aún me perseguía su efecto, hasta que cometí el error de comenzar a pensar, de forma exagerada.
Pensé en monstruos que iban disfrazados de tiranos, y ahí lejos de la realidad me perseguían para así acabar con mi vida cada vez que mis párpados, al mismo tiempo, se cerraban, y yo corría, como sí de la realidad se tratara.
Entonces pensé más y más, y las ideas se amontonaron unas encima de otras, hasta el momento en el que creí volverme loca. Así como en previos textos he dicho, la cordura salió por la puerta y no volvió, hasta la mañana siguiente. O eso creo.
El momento, de la larguísima noche, en el que creí volverme loca pensé, de veras (aunque obviamente consciente de estar bajo el efecto psicoactivo de tal "alucinógeno"), creí de verdad que debía suicidarme.
Me escondí bajo las mantas para huir de mí misma.
El lugar en el mundo en que me encontraba en ese momento no era el de todos los días. Sentía que vagaba en alguna cuidad paralela. Ni siquiera fui capaz de reconocer mi propia casa, a la que entré con cierta desconfianza, y con una seguridad de que ese lugar y esa casa no eran los de siempre. Con miedo.
Como dije antes intenté huir de mí misma. El motivo era que, de alguna u otra forma, llegué a la estúpida conclusión de que yo misma tenía que suicidarme. O en realidad, que tenía que asesinar-me. Que ocurrencias las mías. Pero sí, puede que alguna de mis múltiples personalidades, que siempre se esconden muy bien para no ser vistas, salió del armario motivada por tal ácido.
En cuanto cerraba mis ojos para dormir, mi subconsciente me daba unas instrucciones muy determinadas de como tenía que llevar a cabo mi muerte.
Vi el baño, que en cada rincón se inundaba de sangre. Hay que joderse con mi subconsciente, yo misma intentando traumatizar-me, habrá que llamar a un psicólogo.
Con miedo, y habiendo perdido el sentido de la razón me sujeté a mi cama y abrí los ojos cuanto tiempo pude. Mantuve la luz encendida durante todo el tiempo. La oscuridad dejaba mi imaginación volar demasiado lejos.
Hasta que así sin más mi cuerpo no dio más de si, y me apagué hasta la mañana siguiente. Aunque no estoy muy segura en qué mundo me habré despertado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario